Tubos, latas, cilindros, cámaras de llanta, papeles y hasta encendedores reemplazaron los tambores, congas y cajones. Pero al inicio solo estaba un sujeto con la escoba que de a pocos abandonaba su anodino barrido para darse cuenta de que con esa simple acción estaba descubriendo algo esencial para él. El personaje no lo sabe, pero también fue un descubrimiento esencial para la humanidad, el ritmo.La escenografía: objetos pegados a la pared de fondo, que bien puede ser la de un viejo taller mecánico o el depósito de una fábrica. El hombre sigue barriendo y el sonido, oh, el sonido, ya está ahí. La fricción acompasada de la herramienta de limpieza con la superficie marca el inicio de lo que sería una noche de chasquidos, golpes, zumbidos, zapateos, tarareos, palmas y tablazos. Música en su estado primario, percusión.
GOLPE DE PACTO
La armonía crece conforme va entrando uno a uno el resto de integrantes deStomp. Son ocho en total los que aparecen en escena para dar rienda suelta a la denominada “street performance” o teatro físico, como también se les rotula. La sociedad en golpes. Uno solo de ellos sería nada para el show. Si de un simple hombre que barre se tratara, el público se aburriría. Pero cada uno vive los sonidos a su manera, todos son complemento; la gente que fue a verlos, alrededor de 1.500 personas, celebra y toda la escena bien puede ser una metáfora de la vida humana.
El sujeto dejó la escoba y ahora es un hombre orquesta. Juega con el público hasta que logra, tras incontables oportunidades, que este aplauda correctamente a manera del eco de sus palmas. Todos ponemos cara de “tarea cumplida”. El otrora monótono individuo está feliz, selló el pacto con los asistentes (y estos se sienten parte de los ocho artistas del grupo nacido en Brighton, Inglaterra). El hombre deja de moverse, baja la cabeza y los brazos, y desaparece en la oscuridad. La magia ahora es compartida. Aplausos, risas, gritos.
La luz se enciende y todos esperan encontrar otra vez a su cómplice en las tablas, pero solo ve a los otros integrantes de Stomp limpiando lo que de él quedó, polvo. El de la escoba desapareció después de encender la llama con los más de mil limeños que acudieron al Jockey Club a verlo a el y a sus compañeros.
LOS MCGYVER DEL SONIDO
Así fueron llamados los integrantes de la compañía inglesa por uno de los asistentes, quien recordó al personaje de la serie de los ochentas que podía hacer hasta una bomba con materiales simples que encontraba al azar. Stomp, este grupo que emplea objetos propios de la vida urbana para hacer esta performance de ritmos, lleva varios años con presentaciones en todo el mundo, y ayer fue la primera que brindó en Lima (no se pierda la ocasión de ver el show, el último será este domingo). Sus ocho integrantes, todos con un rol (el gracioso, el inocente, el entrometido, las mujeres fuertes) hicieron ritmos con los materiales ya mencionados y aun otros como tubos, ollas, lavaderos, chorros de agua, bolsas y cajas de fósforos. Un retorno a los inicios de algo que nos hace seres humanos, la música, pero con elementos que se pueden encontrar en calles de Tokio, Nueva York, Sao Paulo o Lima.
Son catorce las secuencias con que los ocho Stomp, dos mujeres y seis hombres, se ganaron el cariño del público, efusivo y participativo cada vez que los artistas se lo pedían. Acaso la que más recuerden los asistentes es aquella en la que los músicos se cuelgan de las paredes para golpear los baldes y ollas a ritmo de batucada brasileña. Las venas del rap y el hip hop también dicen presente en más de una ocasión. El uso de encendedores para jugar con el sonido y las luces fue otro hito en las dos horas y media que duró el show en el Centro de Exposiciones del Jockey Club.
Con el público extasiado, al final de la presentación los Stomp hicieron una prueba de aplausos para corroborar que el pacto inicial no había sido olvidado. En efecto, las palmas como ecos de los golpes desde el estrado se dieron casi a la perfección. Incluso, la mitad del público que estaba sentado palmeaba a cierto ritmo, la otra mitad a otro y al fondo todos zapateaban. Misión cumplida. La armonía de los golpes ya es de todos, no hay más que hacer. Tras golpear, tocar, palmear, pisar, zapatear, se da la última escena. El hombre vuelve a estar en ese rincón barriendo el piso con su escoba.
Como si nada hubiera pasado, como si las percusiones jamás hubieran ocurrido y todo se hubiera tratado de una alucinación, la luz se apaga y esta vez el sujeto y su herramienta desaparecen para siempre.


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