“Le ponía un pestillo a la puerta para que no pudiéramos entrar, porque era como su recinto mágico y sagrado. Penetrarlo era violar algo muy íntimo y de algún modo perturbar su mundo personal”, contó.
El mayor de los vástagos de Mario Vargas Llosa recordó que un buen día aprovechó que el novelista dejó sin seguro la puerta de su estudio y consiguió ingresar; sin embargo, frente a la cantidad de apuntes y papeles que había pensado llevarse quedó paralizado y, en sus palabras, “muerto de miedo”.
“Yo era muy chiquito, y recuerdo que me paralicé y salí corriendo aterrado”, confesó.
“Le ponía un pestillo a la puerta para que no pudiéramos entrar, porque era como su recinto mágico y sagrado. Penetrarlo era violar algo muy íntimo y de algún modo perturbar su mundo personal”, contó.
El mayor de los vástagos de Mario Vargas Llosa recordó que un buen día aprovechó que el novelista dejó sin seguro la puerta de su estudio y consiguió ingresar; sin embargo, frente a la cantidad de apuntes y papeles que había pensado llevarse quedó paralizado y, en sus palabras, “muerto de miedo”.
“Yo era muy chiquito, y recuerdo que me paralicé y salí corriendo aterrado”, confesó.

